Montreal

Montreal es la segunda ciudad más grande de Canadá, después de Toronto, y la gran metrópolis de la región francófona del país, aunque es una ciudad muy multicultural y prácticamente todo el mundo es bilingüe, así que podríamos decir que en la calle se habla tanto el inglés como el francés.

Aunque posee un imponente distrito financiero, con rascacielos y grandes avenidas, la ciudad tiene un aire algo más decadente que la próspera Toronto. Se hace especialmente evidente en algunas calles del centro un tanto deterioradas y en la mayor presencia de gente pidiendo por las aceras, mucha más que en la capital de Ontario.

Ese aire decadente se debe, en parte, a que Montreal, que llegó a ser la ciudad más próspera de Canadá, experimentó una larga crisis económica entre los años 80 y 90 de la que todavía le está costando recuperarse. No obstante, en los últimos años su economía vuelve a florecer y eso se puede comprobar en la gran cantidad de obras que están en marcha por toda la ciudad.

De Quebec a Montreal, que fue nuestra última etapa del viaje, fuimos en tren. Los cuatro billetes nos costaron 131 dólares y el trayecto, de 250 kilómetros, duró tres horas y cuarto. La estación central de Montreal se encuentra en pleno distrito financiero y nosotros reservamos habitación en un hotel cercano, Le Nouvel Hotel: dos noches en una habitación con dos camas dobles por 250 euros. Es un hotel moderno, con habitaciones bien equipadas y situado en el downtown, con una estación de metro a menos de diez minutos andando.

Uno de los principales puntos de interés de Montreal es el Mont Royal, un gran parque forestal en torno a una pequeña montaña que se alza en medio de la ciudad y que ofrece excelentes panorámicas de toda el área metropolitana.

Para llegar se puede coger el metro hasta la estación de Mont Royal y allí coger el autobús de la línea 11 que sube al monte. Se puede ir parando en distintos miradores, aunque el principal es el Belvedere Kondiaronk porque ofrece las mejores vistas del centro de la ciudad. Este mirador se encuentra frente al llamado Chalet du Mont-Royal, un edificio de piedra y madera construido en los años 30 del pasado siglo.

Para volver a la ciudad se puede descender a pie a través del parque forestal o coger de nuevo el autobús número 11, que te deja en el barrio Plateau Mont Royal, donde está la parada de metro más cercana al monte. Se trata de un barrio de casitas bajas con un ambiente joven y multicultural, parecido al del cercano Quartier Latin (barrio latino).

Panorámica de Montreal desde el Mont Royal.

Otra vista de la ciudad.

Al fondo, el puente Jacques Cartier.

El mirador Belvedere Kondiaronk, desde donde se obtienen esas fabulosas vistas de Montreal.

Caminando por el Mont Royal.

Otro mirador desde donde se divisa el estadio olímpico.

El barrio Plateau Mont Royal, a los pies de la montaña.

Grafiti en una calle de Plateau Mont Royal.

El centro histórico, no obstante, conocido como el viejo Montreal (Vieux-Montreal), es el lugar más turístico y bonito de la ciudad. Vale la pena perderse por las estrechas callejuelas flanqueadas por antiguas casas con fachadas de piedra y dejarse sorprender por alguna de sus preciosas plazas.

Destaca la Plaza de Armas, presidida por la majestuosa catedral de Notre-Dame, del siglo XIX y que presume de tener la campana más grande de Norteamérica. De estilo neogótico, su fachada luce dos torres gemelas de 69 metros de altura. En esta plaza, también se puede ver el edificio del Banco de Montreal, el más antiguo de Canadá, creado en 1817, y la estatua de Maisonneuve, fundador de la ciudad.

La alargada plaza Jacques Cartier es otra de las más interesantes de la ciudad vieja. Repleta de terrazas en verano, se extiende a los pies del Hotel de Ville, el Ayuntamiento, un edificio que data de 1878.

También se erige en esta plaza la Columna Nelson, en honor al almirante británico que derrotó a la flota napoleónica en Trafalgar. Sorprende, por lo tanto, que se encuentre en una ciudad y región francófona de Canadá, aunque dicen que los habitantes de Montreal no eran muy amigos de Napoleón y apoyaron su construcción. Sea como fuere, la columna se levantó en 1809 y es uno de los monumentos más antiguos de la ciudad.

Catedral de Notre-Dame.

La Plaza de Armas de Montreal.

Edificio del Banco de Montreal.

Calle del Vieux-Montreal.

Otra calle del centro histórico.

Casas de piedra en el viejo Montreal.

Avenida en el centro histórico.

Escultura en un rincón del viejo Montreal.

Coches de caballos recorren las calles del centro histórico de Montreal.

Solo en Montreal puedes ver un coche de caballos esperando en la puerta de un rascacielos.

El campanario de Notre-Dame se alza al final de la calle.

Calle del centro histórico patas arriba por las obras.

Otra bonita calle del centro.

El Ayuntamiento y la columna de Nelson, en la Plaza Jacques Cartier.

Plaza Jacques Cartier.

Este centro histórico de Montreal está tocando al puerto viejo, el Vieux-Port, un lugar muy animado que se extiende en paralelo al río San Lorenzo. Aquí se pueden encontrar numerosas atracciones de ocio, como cines, museo de la ciencia, puestos de comida, tirolinas, pistas de patinaje (en invierno), alquiler de bicicletas, etc. Incluso el Circo del Sol tiene aquí una sede permanente y casi todos los fines de semana hay actividades.

En verano, el Vieux-Port también cuenta con su propia playa de arena, con tumbonas y sombrillas para contemplar las turbulentas aguas del San Lorenzo como si uno estuviera en el Caribe. Al final del puerto viejo se encuentra la Torre del Reloj, de 45 metros de altura y construida tras la Primera Guerra Mundial. Desde aquí se puede obtener una buena panorámica del gran puente Jacques Cartier, de los años 30, y al fondo las montañas rusas del parque de atracciones de La Ronde.

Vista de Montreal desde el Vieux-Port.

Paseando por el puerto viejo en un día lluvioso.

Puestecillo donde venden jarabe de arce, un dulce típico de Canadá.

Muelles del Vieux-Port.

La iglesia de Notre-Dame-de-Bon-Secours, en el puerto viejo.

La playa de Montreal, en el Vieux-Port, con sombrillas, tumbonas y arena.

El puente Jacques Cartier, que cruza el río San Lorenzo, visto desde el Vieux-Port.

Las montañas rusas del parque de atracciones de La Ronde se pueden ver bajo el puente Jacques Cartier, en la isla de Santa Elena.

Torre del Reloj.

El Circo del Sol tiene su base en el puerto viejo de Montreal.

No podía faltar la gran noria panorámica en el puerto.

La zona del downtown ya no tiene ese aroma europeo que se podía respirar en el viejo Montreal y está formada por la clásica cuadrícula de grandes y rectas avenidas flanqueadas por rascacielos, una imagen propia de las ciudades norteamericanas que, por supuesto, vale la pena recorrer.

En este distrito financiero se pueden encontrar los mejores museos de la ciudad y algunos rincones relajantes, como las colindantes Square Dorchester y Place du Canada, con jardines y bancos para descansar un rato. Aquí también se encuentra la catedral Marie-Reine-du-Monde, uno de los templos más grandes de la ciudad.

Una de las calles más comerciales y más agradables para pasear en el downtown es la rue Sainte-Catherine, que atraviesa prácticamente toda la ciudad y está repleta de tiendas, centros comerciales y restaurantes.

A medio camino entre el centro histórico y el downtown se encuentra el chinatown de Montreal, con sus típicas puertas ornamentadas con dragones que delimitan el barrio. Hay muchos restaurantes económicos para probar especialidades orientales y también se puede ver un pequeño templo en la plaza Sun Yat-sen.

Rascacielos del downtown.

Rue Sainte-Catherine, una de las más comerciales del distrito financiero.

Paseando por la rue Sainte-Catherine.

Otra calle del downtown.

Una tienda Zara en pleno downtown de Montreal.

Avenida en el centro financiero.

La catedral Marie-Reine-du-Monde.

Place du Canada.

Contraste entre las casitas bajas que aún resisten en el downtown y los modernos rascacielos.

Entrada al chinatown.

Calle peatonal en el barrio chino de Montreal.

Templo de Sun Yat-sen, en el barrio chino.

Otro lugar destacado de Montreal es la isla de Notre-Dame, en medio del río San Lorenzo. Aquí se encuentra el circuito de Fórmula 1 donde se celebra el GP de Canadá y que el resto del año está abierto al público. Se puede caminar por el asfalto que pisan los monoplazas y son muchos los ciclistas que lo recorren en bici.

En la isla también se puede ver el casino de Montreal, el más grande de Canadá y que abre permanentemente 24 horas al día durante todo el año. El edificio, rodeado de lagos, es un tanto estrambótico.

No obstante, el edificio más icónico de esta isla de Notre-Dame es el Biosphere, una gigantesca esfera que fue construida para la Exposición Universal de 1967 y que en la actualidad acoge un museo dedicado al medioambiente. En la cercana isla de Santa Elena se puede visitar el parque de atracciones de La Ronde.

La gran bola del Biosphere, en la isla de Notre-Dame.

El Biosphere es ahora un museo dedicado al medioambiente.

Casino de Montreal.

El circuito Gilles Villeneuve, donde se celebra el GP de Canadá de Fórmula 1.

El circuito está abierto al público y se puede recorrer a pie o en bicicleta el resto del año.

Montreal es una ciudad que también tiene todavía muy presente su pasado olímpico, pues fue la sede de los Juegos de 1967. Toda la zona olímpica, conocida como Parc Olympique, se edificó al norte de la ciudad y se puede llegar en metro.

Destaca por encima de todo el conjunto el estadio olímpico, con capacidad para más de 50.000 espectadores y que se caracteriza por tener la torre inclinada más alta del mundo, con 175 metros de altura.

En el parque olímpico también se puede visitar, sobre todo si vais con niños, el Biodome, una especie de zoológico-acuario que recrea muy bien algunos hábitats de los animales. El edificio que lo alberga fue el velódromo durante los Juegos Olímpicos de Montreal.

Estación de metro del estadio olímpico, tematizada.

Estadio olímpico de Montreal.

Para moverse por Montreal la mejor opción es el metro, con una red más amplia que la de Toronto. Hay pases de un día que permiten utilizar metro y autobuses durante 24 horas (10 dólares) y también pases de fines de semana (14 dólares).

Para ir al aeropuerto Pierre Elliott Trudeau cogimos un taxi, que tienen una tarifa fija de 41 dólares para ese trayecto partiendo desde el centro de la ciudad. Lo pedimos en la recepción del hotel y nos vino a buscar a la puerta. Si se quiere ir en transporte público, la única opción es el autobús.

Si tenéis que coger un vuelo os recomendamos que vayáis con bastante tiempo de antelación porque el aeropuerto de Montreal está muy saturado y es un poco caótico. Se forman colas interminables para pasar los controles de seguridad, que son muy exhaustivos, y se pierde bastante tiempo hasta que llegas a la puerta de embarque.