Bucarest

La capital rumana poco tiene que ver con las capitales centroeuropeas. El tráfico, el ruido y sus destartaladas calles te sumergen en una atmósfera de caos más propia de las ciudades árabes que del continente europeo.

Buena parte de culpa la tiene su ex-dictador Nicolae Ceaucescu que se encargó de derribar buena parte de su centro histórico para trazar inmensas avenidas que actualmente presentan un estado de dejadez notable. En el corazón de la ciudad se alza el imponente Palacio del Pueblo, sede del gobierno.

Esta mole de cemento fue otra de las obras de Ceaucescu y se supone que es el segundo edificio con más metros cuadrados del mundo, sólo superado por el Pentágono.

Bucarest es también una ciudad con mucho ambiente. Desde los mercadillos callejeros de día hasta los bares y discotecas nocturnos. Salir de marcha es, además, muy barato y uno se puede mover en taxi a todos lados. Es aconsejable salir por lo menos dos o tres personas juntas porque abundan los rateros y los grupillos de niños que piden limosna de forma excesivamente insistente. No tuvimos ningún problema, pero cuesta su tiempo librarse de estos chavales, que no dudan en meterte la mano en el bolsillo.


El Palacio del Pueblo.


Una calle del centro.


Enorme avenida destartalada.


Un parque, o una explanada insulsa.

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