Isla de Miyajima


Para llegar a la isla de Miyajima desde Hiroshima hay que coger primero un tren de cercanías hasta la estación de Miyajima-guchi (30 minutos) y luego dar un corto paseo hasta el ferry, cuyo billete está incluido con el Japan Rail Pass. El trayecto en ferry solo dura un cuarto de hora y el barco te deja en el pueblo principal de la isla, donde se encuentran todos los hoteles y restaurantes.


Esperando el tren a Miyajima-guchi en la estación de Hiroshima.


Embarcadero del ferry a Miyajima.


Subiendo al ferry.


Cultivos de ostras en el mar, de camino a Miyajima.


La torii flotante de Miyajima se divisa nada más llegar a la isla.


La isla de Miyajima es uno de los destinos más visitados de Japón y su principal reclamo turístico es la famosa torii flotante del templo de Itsukushima-jinja. Se trata de la clásica puerta de madera presente en todos los templos sintoístas, pero con la peculiaridad de que está situada en medio del mar. Con la marea baja se puede llegar caminando hasta la base de la torii y cuando la marea sube, la puerta parece flotar sobre las aguas.

Por las noches, la torii se ilumina y su intenso color rojo brilla en medio de la oscuridad del cielo y el mar. Muchos turistas japoneses suelen lanzar al agua pequeños barquitos de cartón con farolillos en su interior, que la corriente empuja hacia la torii. El objetivo de esos barquitos es atravesar la puerta flotante por el interior, algo que no muchos consiguen, aunque sí logran animar el espectáculo nocturno de contemplar la puerta.

Frente a la torii flotante se erige el templo Itsukushima-jinja, un santuario sintoísta del siglo XII bañado por el mar. Con la pleamar, los pasillos de madera del templo están rodeados de agua, que desaparece con la bajamar. La entrada al santuario cuesta 300 yenes (3 dólares).


La torii flotante de Miyajima, con la marea alta.


Y la torii flotante, con la marea baja.


Templo Itsukushima-jinja.


Escolares posando para la foto en el templo Itsukushima-jinja.


Los pasillos del Itsukushima-jinja están adornados con farolillos.


Foto en el templo Itsukushima-jinja, con la torii flotante detrás.


El templo Itsukushima-jinja, con la marea baja.


Ciervo de Miyajima frente a la torii flotante.


Caminando hasta la torii flotante con la marea baja.


Otro templo destacado de la isla es el Daisho-in, un recinto budista en medio del bosque con curiosas figuras adornando los senderos que comunican sus diferentes pabellones. Vale la pena explorar todos sus rincones y disfrutar del relajante paraje natural que lo rodea.

Desde el Daisho-in se puede caminar a través del bosque hasta el funicular que sube al monte Misen, la cumbre de la isla con 530 metros de altitud. Desde la estación superior del funicular se pueden hacer varias rutas senderistas y se obtienen buenas panorámicas de la bahía de Hiroshima y de los islotes de los alrededores. Lamentablemente, el día que subimos nosotros había demasiado bruma y no pudimos disfrutar de las vistas. El billete de ida y vuelta con el funicular cuesta 1.800 yenes (18 dólares).


Escalinata de entrada al templo Daisho-in.


Interior del recinto del Daisho-in.


Figuras de buda decoran el templo Daisho-in.


Un pabellón de madera del Daisho-in.


Más estatuas del templo Daisho-in.


Funicular del monte Misen.


Subiendo al monte Misen.


El monte Misen, al salir de la estación superior del funicular.


Cuidado con las serpientes y las abejas en el monte Misen.


Brumosa vista de la bahía desde el monte Misen.


El pequeño pueblo de Miyajima es también un lugar pintoresco para pasear. La calle principal está llena de tiendas de recuerdos y artesanía. Destacan las fábricas de galletas y los puestecillos donde asan ostras, dos productos típicos de la isla.

Por las calles del pueblo, y también por el resto de la isla, hay montones de ciervos paseando en libertad. Estos animales son algo más tranquilos que los de Nara, pero si vas comiendo por la calle seguro que intentarán presionarte un poco para que les des algún bocado.

La mayoría de los turistas que visitan Miyajima lo hacen en una excursión de un día y suelen marcharse con los últimos ferries de la tarde. A partir de ese momento, la isla se sumerge en un remanso de paz y tranquilidad. La calle principal, que durante el día había sido un hervidero de gente, se queda completamente vacía.

Aunque esa atmósfera de soledad también tiene su encanto, hay un problema y es que todos los comercios cierran, incluidos los bares y restaurantes. A partir de la seis de la tarde tan solo quedan un par de establecimientos abiertos para cenar o tomarse una cerveza y tampoco cierran demasiado tarde.

Si no has cogido un hotel con cena incluida, error que nosotros cometimos, las opciones para cenar son muy escasas y es una lástima porque durante el día encuentras muchos restaurantes apetecibles.

Nosotros nos alojamos en el hotel Sakuraya, un hostal con habitaciones de estilo japonés, con futón en el suelo para dormir. La habitación doble, sin desayuno, nos costó 12.000 yenes (120 dólares) y el wifi solo funciona en recepción. Es un hotel demasiado caro para lo que ofrece, aunque en la isla es difícil encontrar alojamiento económico. La situación, eso sí, es buena porque está frente al mar, a poca distancia del ferry y de la calle principal del pueblo.


Calle principal del pueblo de Miyajima.


Otra vista de la calle principal de Miyajima.


Ciervos de Miyajima en la puerta de un restaurante.


Asando ostras.


Arroz con ostras asadas, una especialidad local.


Paseando por el pueblo de Miyajima.


Otra calle del pueblo de Miyajima.


Cartel alertando de la posibilidad de tsunamis.


Ciervo junto al mar.


Otro ciervo deambulando por Miyajima.


Niños acariciando un pequeño cervatillo.


VÍDEO: Ciervos en busca de helado.



La torii de Miyajima, iluminada por la noche.


Nuestra habitación japonesa, en el hotel Sakuraya.

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