Praga

Al tercer día desde nuestra salida de Barcelona, llegamos a Praga. Conducir por la ciudad no es fácil y así nos lo hizo saber a los diez minutos un simpático policía de 2x2 al ponernos una multa por conducir por una calle por la que sólo podían pasar tranvías. No había ninguna indicación que prohibiese el paso, pero cualquiera convence al colega. Al final 30 euros a su bolsillo.

Pasado el incidente, nos pusimos a buscar un sitio para dormir. Pronto nos dimos cuenta de que el alojamiento en Praga es un bien preciado. Muchos de los hoteles del centro están llenos o te clavan por la habitación. Al final acabamos en una barrio obrero de la periferia dónde parecía que el telón de acero continuaba levantado. Típicos bloques de hormigón de estilo soviético y un mercado en el centro para abastecer a la comunidad. Como teníamos furgoneta podíamos bajar al centro con ella, así que nos quedamos para revivir el socialismo.

Praga es una ciudad fascinante en todos los sentidos. Sus monumentos perfectamente conservados, su castillo en una colina sobre el río Moldava, las callejuelas y plazas del centro, el barrio judío, los edificios de piedra, los parques, el Puente de Carlos... todo parece sacado de un cuento. Es una ciudad perfecta para pasar al menos una semanita.

De la zona nueva destaca la avenida de Wenceslao, la más importante de la ciudad, y donde tuvieron lugar los más crudos enfrentamientos contra los tanques soviéticos en la Primavera de Praga. También es visible desde cualquier punto de la ciudad la torre de la televisión checa, el último edificio construido por los comunistas y que simula un cohete espacial. Cuando te acercas ves que la torre está siendo escalada por enormes bebés gateando, una obra del escultor checo David Cerny.

Durante el día te puedes hartar de visitar cosas y por la noche aguantar hasta que sale el sol en sus discotecas y clubs repletos de explosivas checas. Todo eso amenizado con absenta, la bebida nacional de Chequia, y cuyos efectos todavía se están estudiando ya que se acercan más a un ácido LSD que al alcohol.

Después de nuestros días y noches en Praga volvimos para Barcelona. Esta vez, de camino, paramos a dormir en Berna, la tranquila capital suiza que apenas visitamos por lo reventados que estábamos después de haber dormido muy poco durante nuestra estancia en Praga.


La iglesia de Nuestra Señora enfrente del Tyn, símbolo de Praga.


La plaza de la iglesia, atestada de turistas.


Puerta de entrada al casco antiguo.


Viejos tranvías de la época comunista.


El Puente de Carlos sobre las aguas del río Moldava.


La Catedral de San Vito, en lo alto, al otro lado del Moldava.


Pintores en el Puente de Carlos.


Estatuas de santos escoltan el Puente de Carlos.


El barrio judío.


Cementerio judío.


Palacio en el Castillo de Praga.


Panorámica desde el Castillo de la ciudad.


Preciosa callejuela con casitas de colores. En una de estas residió Kafka.


Puesta de sol en el parque.


Calle del centro.


La gran avenida de Wenceslao. Hay puestecillos donde venden excelentes salchichas a 0,5 euros.


Memorial en recuerdo de los mártires de la Primavera de Praga.


La torre de la televisión checa, el último edificio comunista construido en Praga.


Los bebés de Cerny gatean hacia lo alto de la torre.


Panorámica desde lo alto de la torre.


El Metro de Praga. Como el de Moscú, está a prueba de un holocausto nuclear.


El barrio donde teníamos el hotel.


Nuestro hotel en Praga.

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